Hakodesh, enmarcado por hermosos trabajos artísticos en metal, yeso y madera, verdadera obra de arte.
3. Kol Nidré
Casi de inmediato se escuchó la melodía del Kol Nidré en su triple clamor existencial.
Con profundidad y temor nos fuimos compenetrando en el texto que habla del arrepentimiento y del perdón, del retorno de aquellos que se alejaron y de la absolución y nulidad por toda iniquidad realizada.
Ya no cabía un alfiler en la sala y cientos de voces reverberaban entre sí, tomaban vuelo propio y sus sonidos se esparcían por todo el recinto como una plegaria colectiva y embriagadora.
A la finalización de los oficios, las callecitas de Tzfat se llenaron nuevamente de caminantes que, pausadamente, se dirigían a sus hogares para descansar y poder así cumplir con el ayuno de Iom Kipur.
Tzfat se había convertido en una pequeña-gran ciudad absolutamente espiritual, una vasta sinagoga cuyo techo era la inmensidad y cuyos habitantes eran ángeles guardianes del Pacto con el D’s de Israel.
4. El cielo y la tierra
A la mañana siguiente, Efraim nos llevó al Beit Hakneset de la Saraia, y allí tuvimos el honor de conocer a David Iehuda, moré, rabí, jazán y conductor espiritual de la comunidad.
Su rostro, lleno de fuerza y profundidad; su figura, con una no muy larga barba, aunque ya con algunas canas; su personalidad penetrante y abrasadora; su voz melodiosa y dulce; sus oraciones, sus prédicas y cantos mostraban al maestro en su plenitud intelectual y emocional.
Nuestros sentidos creyeron imaginar, por unos instantes, al patriarca Abraham y al libertador Moisés presentes ese santo día en Tzfat.
Luego nos contó Efraim que este gran hombre acababa de perder un hijo en un enfrentamiento con las hordas terroristas palestinas.
Sin embargo, no hubo un solo instante en que su consagración decayera. Por el contrario, todo su ser vibraba, y con él la concurrencia, cuando entonaba el “Unetané Tokef Kedushat Haiom”, “Clamemos con pasión en este día de sublime santidad”, o el “Berosh Hashaná Ikatevun, Uveiôm Tzom Kipur Iejatemun”: “En Rosh Hashaná será inscripto y en el día del ayuno de Kipur quedará firmado”.
Tiempo y espacio habían desaparecido.
No sentíamos en nuestros cuerpos el ayuno que estábamos cumpliendo. Todo nuestro ser estaba embargado por una vivencia verdaderamente inolvidable.
Al menos por un día, Iom Kipur, la ciudad de Tzfat estaba más cerca del cielo que de la tierra.
Esta experiencia, única, distinta e irrepetible, quedará grabada para siempre en nuestra memoria.

