Entre Rosh Hashaná y Yom Kipur

El rostro que a la vez me vuelve asesino y me prohíbe matar es el que habla con una voz que no es la suya, una voz que no es una voz humana. Así, el rostro produce varios enunciados a la vez: transmitir agonía, vulnerabilidad, al mismo tiempo que una prohibición divina en contra del asesinato”.

Para poder hacer Teshuvá debemos salir de nuestra omnipotencia. Reconocer la fragilidad de la vida, transitar el recorrido interno con modestia y aunque sea por unos breves instantes, reconocer que no lo sabemos todo y que no todo está en nuestro control, pero aquello que sí podemos reparar es nuestro deber hacerlo. Pero, al mismo tiempo, reconocer nuestra potencial crueldad, derivada muchas veces de la misma omnipotencia.

Siguiendo esta línea de pensamiento, ¿cómo entender entonces la Mishná?

Las faltas del hombre para con Dios son perdonadas por el Día del Perdón, las faltas para con el otro no son perdonadas por el Día del Perdón, a menos que, previamente, no haya aplacado al otro.

Para la verdadera Teshuvá hace falta interactuar con el otro, salir de sí mismos y con humildad “aplacar” al otro. No es un pedido de perdón formal. ¿Quién es el otro al que tenemos que aplacar en la relación con Dios? ¿Por qué esas faltas son perdonadas por el día del Perdón? ¿Es más fácil el proceso de pedir perdón a otro y esperar su respuesta o el del perdón que depende sólo de Dios? ¿Hay acaso afrenta humana que no implique confrontar a Dios? ¿Se pueden separar?

En nosotros, la respuesta.

Páginas: 1 2 3 4