significa frenar o refrenar. Con respecto a ese versículo, el rabino Ile’a dice: “El mundo perdura solo por el mérito de alguien que se refrena [she-bolem] durante una pelea, como se dice: ‘Él suspende la tierra sobre nada’ [belima]” (l. c.).
En la tercera, habla casi de una anulación del hombre. “El rabino Abahu dice: El mundo perdura solo en el mérito de quien se presenta como si no existiera, como se afirma: ‘Y debajo están los brazos eternos’ (Deuteronomio 33:27), es decir, uno que se considera a sí mismo. Estar debajo de todo lo demás es el brazo eterno que sostiene el mundo” (l. c.).
Estas tres opiniones refieren a una condición humana necesaria para la existencia del mundo. La condición de la humildad, por un lado, y el refrenamiento de la violencia, por el otro, ayudándonos así a entender algo de la actitud con la cual el hombre llega a los días de Teshuvá.
Reconociendo con humildad su condición del “polvo soy y al polvo volverás”, su condición humana básica. Cuerpo. La vulnerabilidad de su cuerpo, y su finitud. En una época en la que le parecería que las personas se creían inmortales, donde la longevidad de la vida desafía todo lo conocido, donde la ciencia nos permite imprimir órganos y trasplantarlos, vienen los días de Teshuvá a reacomodarnos. Viene la pandemia y nos pone el espejo frente a la cara.
Y reconociendo también nuestra capacidad, el riesgo y potencialidad de herir esa vulnerabilidad. De matar. De poner fin al otro.
Como una moneda de dos caras, la interpretación de la guemará nos dice que somos humanos, tenemos fin y límite, pero también somos humanos, porque podemos poner fin al otro. Una verdad en la que no acostumbramos pensar.
“Para mí, el rostro del otro en su precariedad e indefensión constituye a la vez una tentación de matar y una apelación a la paz, el ‘No matarás’” (PP, p. 147), dice Levinas. Sobre lo que dice Judit Butler: “Esta última observación sugiere algo perturbador en varios sentidos. ¿Por qué la precariedad del Otro debería producir en mí la tentación de matar? ¿O por qué produce la tentación de matar al mismo tiempo que comunica la demanda de paz? ¿Hay algo en mi aprehensión de la precariedad del otro que me lleve a querer matarlo? ¿Es la simple vulnerabilidad del Otro lo que se me vuelve una tentación asesina? Si el Otro, el rostro del Otro, que después de todo es el que comunica el sentido de esta precariedad, me tienta a la vez con el asesinato y me prohíbe ejecutarlo, entonces el rostro sirve para producir una lucha en mí e instalarla en el corazón de la ética. Pareciera que se trata de la voz de Dios representada por la voz humana, pues es Dios quien dice por medio de Moisés ‘No matarás’.

