Misiles que pasaban por arriba nuestro, algunos que cayeron a 800 y 1600 metros del hotel, en pleno centro de Tel Aviv. Allí hubo destrucción y familias afectadas; la ciudad misma era atacada. Llegamos para celebrar la diversidad y terminamos corriendo por la supervivencia. Ese contraste no se olvida. Tema aparte fue salir en medio de una guerra por países que supuestamente son amigos, pero cuyas sociedades siguen siendo muy antisemitas.
Hubo otra herida menos visible: aun nosotros estando en una visita oficial, ya que fuimos invitados por el Estado de Israel a participar de la Marcha del Orgullo, junto a delegaciones LGBTQ+ de otros países, vimos cómo estas han recibido el apoyo de sus embajadas (desde que comenzó la guerra ese día). Sin embargo, nuestra embajada nunca se hizo presente, ni siquiera con un llamado. Tal vez porque quienes hoy ocupan ese lugar lo hacen desde una mirada ortodoxa que no contempla a un colectivo como el nuestro.
El silencio también habla, y a veces grita. Y ese silencio, lejos de proteger, profundiza la grieta, como si el hecho de amar, vivir o expresar nuestra identidad dejara a algunos al margen de la misma familia, cuando en realidad la fuerza de nuestro pueblo siempre estuvo en reconocerse en todas sus diversidades.
Lo mismo vemos en casa: quienes dicen representar a “todas las voces” y se autoproclaman dueños de la Mutual Israelita Argentina no permiten la integración del colectivo judío LGBTQ+ dentro de sus actividades, aun cuando muchos de nosotros somos socios. En su agenda no figura nada sobre diversidad LGBTQ+. Jamás se permitió que nuestro colectivo tuviera un espacio en sus actividades, tampoco nunca se autorizó nuestra presencia en su programa televisivo semanal (habiéndolo solicitado en varias oportunidades).
En un reciente encuentro educativo, donde participaron más de 1700 profesionales y se desplegó una agenda amplísima, no hubo ni una sola actividad ni mención a nuestras realidades. Mientras tanto, en las escuelas comunitarias, en los templos y en los espacios socio-deportivos, los niños, niñas y jóvenes adolescentes siguen creciendo sin referentes, sin espejos donde reconocerse y sin políticas plenas de integración para estas minorías. Esa omisión no es neutra: es una forma de violencia silenciosa que profundiza las grietas, como si la diversidad no fuera parte legítima del mismo pueblo.
Allí también algunos Rabinos y líderes comunitarios se adueñan del derecho a decidir por el resto y, en ese afán, compran silencios que terminan dañando más hondo. Es hora de entender que reconocer todas nuestras

