Los Iamim Noraim se acercan. Vuelven. El calendario nos llama a revisar el tiempo. Pero, ¿en algún momento terminaron los Días Terribles, los Iamim Noraim del año pasado?
Desde el 7 de octubre, el tiempo quedó suspendido. Como si hubiéramos quedado atrapados en el último Kol Nidrei: promesas rotas, voces enmudecidas, puertas que no se cierran. Un interminable Izkor. Atravesados el mismo Día del Perdón, por lo imperdonable.
Somos las 51 familias que todavía no pueden dormir. Que solo esperan en un rezo ahogado. Somos un país entero que sigue en modo vigilia. Somos una nación que en soledad ve cómo el resto de las naciones nos acusa con el dedo inquisidor mientras seguimos buscando a los nuestros. Mientras seguimos haciendo lo que sea por defender nuestro hogar, nuestra familia, nuestras vidas. Y nosotros, desde los kilómetros de distancia, orbitando entre la angustia, la impotencia…y la necesidad de sentido.
No se trata solo de Israel. Se trata de nosotros. De qué hacemos con el miedo, con la rabia, con el dolor. De qué hacemos con lo que no podemos hacer.
No venimos a los templos solo a pedir. Venimos a responder. A ser respuesta. Incluso en el murmullo silencioso de la propia plegaria. Venimos a no acostumbrarnos. A mostrar que no olvidamos. Que no nos rendimos. Que no tendremos nunca más miedo.
Desde el 7 de octubre, el tiempo pareció haber quedado suspendido. Pero el año sucedió. El tiempo ha pasado. Y si bien el dolor y la angustia parecen ser iguales, nosotros no somos los mismos.
La espiritualidad judía es el arte de atravesar el tiempo, de caminar la historia con el alma despierta. La espiritualidad judía es el arte de descubrir en cada respiración, un milagro. La espiritualidad no es evasión. No es aislarse en la cima de un monte. Es permitirnos elevar nuestro espíritu, aferrar el tiempo con nuestras manos, no dejar que se escape ni que se detenga, para bajar aquí a esta tierra y elevarla.
Que tengamos un año bueno. Shaná tová.

