Shaná Tová Umetuká

Mauro Berenstein

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Mauro Berenstein

Presidente de DAIA

Cada Rosh Hashaná tiene algo especial.

No importa si somos más observantes o más tradicionales. Si vamos todos los Shabat a la sinagoga o solamente en las Altas Fiestas. Hay algo de esta fecha que siempre nos reúne.

Nos volvemos a sentar alrededor de una mesa con nuestros hijos, nuestros padres, nuestros abuelos o nuestros amigos. Compartimos una comida, escuchamos el sonido del shofar, probamos la manzana con miel y, casi sin darnos cuenta, volvemos a preguntarnos qué clase de personas queremos ser durante el año que comienza.

Confieso que este año esa pregunta me acompañó más que nunca.

Vivimos un tiempo extraordinario y desafiante a la vez. Nunca antes estuvimos tan conectados y, sin embargo, nunca antes una mentira había tenido tanta capacidad para recorrer el mundo en cuestión de minutos. El odio ya no necesita paredes para escribirse ni panfletos para distribuirse. Hoy viaja a la velocidad de un clic y encuentra en los algoritmos una herramienta capaz de amplificar prejuicios y teorías conspirativas hasta alcanzar a millones de personas.

El antisemitismo nunca desaparece; cambia de idioma, de formato y de excusa. A lo largo de la historia fue religioso, luego racial, más tarde político y hoy muchas veces se disfraza de información, de activismo o incluso de entretenimiento. Se adapta a cada época y utiliza las herramientas que esa época le ofrece para volver a señalar a los judíos como responsables de problemas que nada tienen que ver con ellos.

Lo vimos hace apenas unas semanas en España. Una crisis migratoria en Ceuta, completamente ajena a la comunidad judía, fue suficiente para que las redes sociales se inundaran de publicaciones que recuperaban viejos mitos sobre supuestos controles judíos de gobiernos, fronteras y medios de comunicación. En apenas 72 horas, esas teorías conspirativas alcanzaron una audiencia estimada en más de cien millones de personas.

Y también lo vimos durante el Mundial. Un acontecimiento que debería haber unido a millones de personas alrededor del deporte fue utilizado por algunos para volver a instalar relatos conspirativos sobre supuestos intereses judíos detrás de decisiones deportivas o económicas. Parece irracional, y justamente ahí radica el peligro: el antisemitismo no necesita argumentos sólidos para expandirse; le alcanza con encontrar una emoción, un prejuicio o un algoritmo dispuesto a amplificarlo.

También lo vivimos en nuestro país.