cantar y de decir Lejaim. Nehemías, el gran líder y diplomático de su tiempo, tenía razón: «La alegría del Eterno es vuestra fortaleza».
No es fácil alegrarse en tiempos difíciles. Requiere disciplina del cuerpo y del alma. Supone cultivar la gratitud y el optimismo.
Hoy, más que nunca, necesitamos de nuestras reservas internas para enfrentar lo desconocido.
El judaísmo ofrece una respuesta en tres palabras, que decimos en una de las plegarias centrales de estos días sagrados: Teshuvá, Tefilá y Tzedaká –retorno, oración y caridad.
Teshuvá nos recuerda que el judaísmo es nuestra brújula interior, guiándonos incluso cuando no tenemos mapa. No es casualidad que el objeto más sagrado en el judaísmo sea el Sefer Torá, que puede cargarse encima. En el Tabernáculo y en el Templo de Jerusalén, las varas del Arca jamás se retiraban, para que la Torá, contenida en su interior, siempre estuviera lista para acompañar al pueblo de Israel, incluso en una partida repentina. La inseguridad ha marcado nuestra historia durante generaciones, y sabemos cómo vivir con ella. Porque aunque el mundo cambia, nuestros valores permanecen.
Rosh Hashaná y Yom Kipur, las dos festividades cuyo tema central es el tiempo mismo, nos enseñan cómo enfrentar el futuro sin miedo. Por eso, ya sea que afrontemos antisionismo, antisemitismo creciente o dificultades personales, estos son los días en que fortalecemos nuestras fuerzas internas para hacerlo con seguridad, confianza y fe.
Los valores que el judaísmo nos enseñó –la santidad de la vida, la dignidad de cada individuo y el mandato de instaurar la paz– siguen siendo tan convincentes hoy como lo fueron cuando Moshé los transmitió por primera vez.
No estamos solos: Di-s está con nosotros. Por eso atravesamos el desierto del tiempo sin temor ni ansiedad. Nuestros valores, nuestra fe y nuestra manera de vivir no cambian. Esa es la razón por la que podemos enfrentar el cambio sin luchar contra él y sin que nos derrote.
Recemos este año con mayor devoción por la paz, por Israel, por el pueblo judío, que es nuestra familia extendida, y por el mundo entero. Abramos nuestro corazón a la Presencia Divina.

