El mes de Elul y las preguntas trascendentes

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espiritualmente es una elección. Y esa elección requiere el coraje de cambiar lo necesario, aun cuando duela.

Personalmente, me resulta difícil aceptar una visión que sostiene que todo está predeterminado. Creo, más bien, que la fuerza de nuestra tradición es una invitación permanente a ejercer la libertad. No somos marionetas de un destino escrito de antemano: son nuestros actos, nuestras decisiones, los que configuran la trama de los acontecimientos. Y en ese sentido, nunca es tarde para comenzar de nuevo. Nunca es tarde para intentar otras cosas.

Este tiempo nos recuerda que no estamos condenados a los errores del pasado. Tenemos la capacidad de superarnos. No es cierto que “todo siempre fue así”. Esa frase, tan instalada en la cultura, es enemiga de la esperanza. Al contrario: la posibilidad de cambiar, de salir de la repetición, es lo que otorga sentido a nuestra vida. Cuando enfrentamos las sombras de la mentira y la indiferencia, nuestra existencia recupera un carácter sagrado.

Por eso, Elul también nos enseña a cultivar la humildad. Solo desde allí podemos dejar atrás la soberbia, la irresponsabilidad o la inercia que nos paraliza. La humildad no es resignación, es la fuerza para reconocer límites y la valentía de tomar decisiones. En ese gesto se dignifica la vida, se fortalece el respeto propio y se profundizan los significados.

Ahora bien, la introspección que propone este mes no es únicamente individual. También es comunitaria y social. Nuestros actos tienen impacto más allá de nuestra biografía personal. Cada pequeño cambio, cada corrección, cada paso hacia adelante es también un aporte a un mundo más justo y habitable. Vestir al necesitado, alimentar al hambriento, colaborar en la educación de nuestro entorno, crear condiciones de salud básicas, aprender a convivir con quienes piensan distinto: todo esto forma parte de ese ejercicio espiritual. No es una lista de buenas intenciones, sino un programa de acción.

La tradición nos recuerda que no hay espiritualidad sin compromiso ético. Que la oración sin la acción queda incompleta. Que el balance del alma solo cobra sentido si se traduce en gestos concretos hacia los demás. Esa es, quizás, la invitación más radical de Elul: vincular lo íntimo con lo colectivo, lo personal con lo social, lo eterno con lo cotidiano.

Intentémoslo. Atrevámonos a tomar en serio la oportunidad de este mes. Porque si lo hacemos, los resultados no solo marcarán un nuevo comienzo para cada uno de nosotros, sino que también pueden ser trascendentes para quienes nos rodean. Y, en definitiva, de eso se trata: de renovar el tiempo, darle espesor, convertir el paso de los días en un camino de vida.

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